Arquitectura modular en educación y salud: ¿Un modelo de inversión sólido más allá de la urgencia?
Analizamos cómo la implementación global de soluciones modulares en sectores críticos, desde las aulas temporales hasta los centros de atención rápida, presenta un panorama de oportunidades y desafíos financieros, operacionales y de calidad a largo plazo para inversores y gestores.
Desde que el COVID-19 puso de rodillas a la infraestructura sanitaria mundial y desnudó las carencias en la capacidad educativa, la arquitectura modular ha flotado en el imaginario colectivo como la panacea para las necesidades de expansión rápida. Sin embargo, en pleno 2025, es hora de bajar los pies a la tierra y evaluar con ojos empresariales si esta solución, tan cacareada por su agilidad, realmente cumple sus promesas en términos de costo-beneficio a largo plazo y calidad estructural. Si bien el boom inicial fue innegable, con ejemplos que van desde hospitales de campaña en Wuhan hasta aulas prefabricadas en zonas rurales de Latinoamérica, el análisis pormenorizado revela un patrón de adopción complejo, con luces y sombras que merecen una mirada crítica por parte de cualquier inversor o gestor de políticas públicas.
Históricamente, la arquitectura modular ha sido la respuesta de emergencia por excelencia. Pensemos en los campamentos militares, las viviendas temporales post-desastre o, más recientemente, la avalancha de centros de testeo y vacunación que surgieron en tiempo récord. La promesa de tiempos de construcción reducidos –hasta un 50% según algunos fabricantes– y la minimización de interferencias en el sitio son argumentos de peso para la decisión de cualquier gerencia apremiada. No obstante, una retrospectiva de los últimos cinco años muestra que la velocidad, aunque valiosa, a menudo viene con un precio oculto. Proyectos en Europa del Este y en algunas regiones de Norteamérica, que buscaron soluciones modulares para expandir capacidades hospitalarias o escolares de manera ‘permanente’, hoy enfrentan desafíos en cuanto a la durabilidad de los materiales, los costos de mantenimiento elevados y una percepción de ‘provisionalidad’ que afecta el entorno educativo o de sanidad. La estética, a menudo estandarizada y repetitiva, también ha sido un punto de crítica recurrente, generando espacios que, aunque funcionales, carecen de la identidad y la adaptabilidad que se espera de una infraestructura de inversión a largo plazo. Desde una óptica empresarial, la evaluación no debe centrarse únicamente en el CAPEX inicial. El OPEX, el costo de vida útil del edificio, su capacidad de ser ampliado, modificado o incluso reubicado, y la depreciación de activos son factores cruciales. La aparente economía inicial en algunos proyectos modulares puede verse erosionada por la necesidad de reparaciones prematuras, una menor eficiencia energética a largo plazo si no se elige correctamente la tecnología constructiva, y una vida útil que no siempre se alinea con las expectativas de una infraestructura que pretende ser ‘definitiva’. Además, la integración de tecnología de punta y la adaptación a regulaciones cambiantes pueden resultar más complejas y costosas en sistemas cerrados o propietarios. ¿Estamos construyendo soluciones ágiles y robustas, o creando activos que en pocos años se convertirán en pasivos con elevados costos de obsolescencia? La respuesta, como siempre en negocios, depende de un análisis riguroso que trascienda el entusiasmo inicial y se enfoque en la rentabilidad y funcionalidad a través del tiempo.
Noticias relacionadas
AR
CL
UY












