El Arquitecto de Interiores: ¿Un Rol Esencial o Una Etiqueta Ambiciosa?
Desde el portal de Arquitecturar, nos preguntamos: ¿Qué significa realmente esta denominación? ¿Es una especialización que ha encontrado su lugar o una etiqueta más que confunde los límites profesionales? Desde una perspectiva de Recursos Humanos, esta indefinición es mucho más que un detalle semántico; es un desafío que impacta directamente en la búsqueda y contratación de talentos, en la valoración de las competencias y, en última instancia, en la calidad de los proyectos que se gestan en nuestra región.
Un arquitecto de interiores, en su definición más ambiciosa y necesaria, no es solo alguien que elige colores y texturas bonitas. Va mucho más allá. Estamos hablando de un profesional capaz de comprender la estructura, la materialidad y la funcionalidad de un espacio desde una perspectiva técnica y constructiva. Su expertise debería abarcar la redistribución espacial, la iluminación técnica, la acústica, la selección de materiales con criterios de durabilidad y normativa (¡sí, las normativas específicas de cada país del Mercosur!), la ergonomía y la integración de sistemas (climatización, electricidad, plomería). Es la persona que piensa en cómo el usuario va a vivir y trabajar en ese espacio, optimizando cada metro cuadrado con un enfoque holístico, pero con un fundamento de diseño y construcción.
Sin embargo, el desafío crítico reside en la homologación de estas competencias. No es raro encontrarse con programas de formación variopintos, algunos con un enfoque más técnico-arquitectónico y otros mucho más inclinados hacia la estética y la decoración. Esto genera un “gris” importante en el mercado laboral: ¿Cómo evalúa un reclutador si el postulante tiene la visión espacial profunda y el conocimiento técnico de un arquitecto, o si su fuerte es la armonía cromática? La falta de un marco de referencia claro en la región Mercosur para certificar y diferenciar estas habilidades lleva a que las empresas, a veces, contraten perfiles que no cumplen con la integralidad requerida, o que los propios profesionales no sepan cómo “vender” su valor añadido más allá de lo visual.
Es fundamental que, como industria, exijamos y propiciemos una definición más robusta y unificada para este rol. No solo para dignificar la profesión y reconocer las capacidades técnicas que implica, sino para garantizar a los clientes y empleadores que están invirtiendo en un experto que puede transformar un espacio desde su concepción estructural interna hasta el último detalle funcional. En un contexto de crecimiento y demanda de soluciones habitacionales y laborales más adaptadas a la “historia reciente” de nuestras ciudades (post-pandemia, teletrabajo, espacios multifuncionales), la claridad sobre qué es y qué hace un arquitecto de interiores dejará de ser una mera discusión teórica para convertirse en una necesidad imperiosa de nuestro sector.
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