
31/08/2025 l Interés General
Hoy, la investigación nos empuja a mirar más allá del ‘me gusta’. Desde una perspectiva estratégica, cada elección es un diálogo con el entorno. En una ciudad como Buenos Aires, por ejemplo, respetar la paleta urbana existente o proponer un contraste armónico puede ser clave para la integración de un nuevo proyecto. En zonas como la Patagonia, donde el viento y la intemperie son factores cruciales, los colores deben no solo resistir, sino también complementar la austeridad del paisaje, a menudo en conjunción con la piedra y la madera. La regionalidad es un pincel invisible que guía las decisiones.
Pero el color también tiene un rol funcional, y aquí es donde la ciencia del 2025 cobra protagonismo. No es lo mismo un color oscuro que absorbe más radiación solar, generando mayor carga térmica en verano –y quizás ahorrando calefacción en invierno–, que un color claro con alto índice de reflectancia (albedo), que mantiene las superficies más frescas. Este factor, antes relegado, es ahora crucial en la planificación energética de los edificios, especialmente con la mirada puesta en un futuro de ciudades más eficientes. ¿El truco? Entender cómo interactúa la luz, la geografía y el material con cada pigmento. Se proyecta que las ‘pinturas inteligentes’, capaces de adaptarse a las condiciones climáticas o incluso repeler la suciedad, serán cada vez más comunes, cambiando las reglas del juego.
Finalmente, no podemos olvidar la dimensión psicológica y emocional. Un color puede invitar, rechazar, calmar o energizar. Es la primera impresión de un espacio, de un hogar. Como consejo, antes de decidirte, observá el barrio, la luz del sol en diferentes momentos del día, y pensá qué querés que tu fachada le ‘diga’ al mundo. Hablá con arquitectos, consultá las ordenanzas municipales (¡siempre!) y no le tengas miedo a la experimentación, siempre con cabeza y conocimiento. Tu fachada no es solo una pared, es parte de la identidad colectiva, y su color, su voz.