El Silencioso Deterioro: Cómo la Humedad Mina la Resistencia de Nuestras Casas
Luego tenemos las filtraciones, que pueden venir de techos, paredes o instalaciones sanitarias defectuosas. El agua que penetra constantemente debilita el hormigón armado, ya que el líquido puede llegar a las barras de acero que le dan resistencia a la tracción. Una vez allí, el oxígeno y el agua inician la corrosión del acero, expandiéndolo hasta seis veces su volumen original. Esta expansión genera tensiones internas que fisuran el hormigón (fenómeno conocido como “carbonatación” o “ataque por cloruros” en ambientes costeros), provocando el desprendimiento de capas y la exposición del armazón. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) de Argentina, más del 20% de las reparaciones estructurales mayores en edificios de hormigón de la Ciudad de Buenos Aires entre 2020 y 2024 se debieron a la corrosión de armaduras por filtraciones prolongadas. En zonas con inviernos fríos, la congelación y descongelación del agua en las fisuras magnifica este daño, abriendo grietas que comprometen seriamente la estabilidad.
Finalmente, aunque menos directa, la condensación excesiva en interiores puede generar ambientes propicios para la proliferación de hongos y la degradación de elementos de madera estructurales, como tirantes o vigas en techos y entrepisos, comprometiendo su capacidad de carga. Si bien los nuevos códigos de construcción del Mercosur (actualizados post-2020 en varios países) han endurecido las exigencias en aislaciones hidrófugas y barreras de vapor, el parque habitacional preexistente es un recordatorio constante de la necesidad de inspecciones y mantenimientos periódicos. Ignorar la humedad no es solo un problema estético; es permitir que los cimientos de nuestro hogar, literal y metafóricamente, se desmoronen.
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