La digitalización constructiva bajo la lupa
Sin embargo, nuestra reflexión estratégica nos lleva a matizar el entusiasmo. Si bien BIM facilita el diseño de edificios más eficientes energéticamente y la simulación de su comportamiento ambiental a lo largo de su ciclo de vida –una ventaja innegable en la lucha contra el cambio climático–, su impacto positivo no es automático ni garantizado. La verdadera sostenibilidad que el BIM puede ofrecer depende críticamente de la intencionalidad de los usuarios y la calidad de los datos introducidos. La capacidad de realizar análisis de ciclo de vida completo (LCA) y seleccionar materiales de bajo impacto ambiental es una funcionalidad potente, pero requiere una cultura organizacional y una inversión en bases de datos ambientales robustas que aún no están plenamente maduras a nivel global. Países como el Reino Unido y los nórdicos han avanzado con mandatos BIM para proyectos públicos, demostrando eficiencia, pero el desafío de integrar métricas de sostenibilidad en cada etapa del modelo sigue siendo una asignatura pendiente en muchas latitudes. La inversión inicial en software, hardware y capacitación, junto con la persistencia de problemas de interoperabilidad entre plataformas, son factores que exigen una planificación cuidadosa para asegurar que la digitalización no genere nuevas brechas o ineficiencias, sino que verdaderamente sirva como un motor para una construcción más responsable y consciente con nuestro entorno.
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