El skyline de nuestras ciudades, históricamente dominado por la solidez pétrea y la masa imponente, está experimentando una transformación sutil pero profunda en sus coronaciones. Las cubiertas, otrora emblemas de permanencia y peso, mutan hacia configuraciones más etéreas, dinámicas y, en ocasiones, efímeras. La proliferación de techos livianos y sistemas desmontables, desde membranas tensadas hasta paneles modulares de alta tecnología, no es meramente una tendencia estética o funcional; representa un desafío técnico y normativo de magnitud considerable para la ingeniería y la arquitectura regional. Mirando hacia atrás, la adopción de estas soluciones, si bien prometedora en flexibilidad y eficiencia constructiva, ha puesto en tela de juicio la capacidad de nuestras regulaciones para anticipar y controlar los riesgos inherentes a estructuras que se comportan diametralmente opuestas a las construcciones tradicionales de hormigón o mampostería. La pregunta ya no es si estos sistemas son viables, sino cuán rigurosamente estamos gestionando su seguridad a lo largo de su ciclo de vida en el diverso y a menudo impredecible entorno geográfico de Argentina.
La esencia de las cubiertas livianas y desmontables reside en su minimización de masa y la optimización de recursos. Materiales como el ETFE, PVC/poliéster revestido, o paneles sándwich metálicos y compuestos, ofrecen propiedades excepcionales en términos de translucidez, aislamiento y facilidad de montaje. Sin embargo, su ligereza es también su talón de Aquiles desde una perspectiva de seguridad. A diferencia de las estructuras monolíticas, la respuesta dinámica de estos sistemas ante cargas extraordinarias es fundamentalmente distinta. Consideremos la acción del viento, una fuerza dominante en vastas extensiones de nuestro país, desde las ráfagas del Pampero en la Pampa Húmeda hasta el Zonda andino. Los techos livianos son susceptibles a vibraciones, uplift (levantamiento) y fatiga por ciclos de carga y descarga, lo que exige análisis aerodinámicos avanzados y un diseño meticuloso de sus anclajes y conexiones. Un análisis comparativo revela que mientras los códigos estructurales tradicionales (como los basados en CIRSOC para construcciones convencionales) se centran en la resistencia a la compresión y la flexión de elementos masivos, las cubiertas flexibles demandan una comprensión profunda de la pretensión, la interacción fluido-estructura y la estabilidad ante grandes deformaciones.
El desafío se extiende a la sismicidad. Argentina, con zonas de alta actividad sísmica como Cuyo, requiere que cualquier elemento constructivo, incluido el techo, mantenga su integridad y no genere riesgos secundarios por desprendimiento. Si bien la flexibilidad inherente de algunas estructuras livianas puede parecer ventajosa en términos de disipación de energía, la correcta articulación con la estructura principal y la gestión de las deformaciones diferenciales se vuelven críticas. Paralelamente, la seguridad contra incendios presenta otra complejidad. Las membranas plásticas, aunque diseñadas con retardantes de llama, pueden tener un comportamiento al fuego diferente al de los techos convencionales, con implicaciones en la propagación de llamas, generación de humo tóxico y colapso estructural. Esto demanda estrategias de evacuación y sectorización específicas, a menudo no contempladas en su totalidad por normativas edilicias genéricas.
Finalmente, la condición de ‘desmontable’ introduce un capítulo adicional en la seguridad. La vida útil proyectada para estos elementos, la facilidad y seguridad de sus operaciones de montaje y desmontaje, y la inspección periódica de sus componentes críticos (cables, tensores, anclajes) son aspectos que requieren protocolos rigurosos. La falta de mantenimiento adecuado o la reutilización de componentes sin la debida certificación pueden comprometer seriamente la seguridad estructural. La profesionalidad en el diseño, la ejecución y el mantenimiento de estas cubiertas exige una especialización creciente y una actualización constante. La retrospectiva nos muestra cómo, a medida que la tecnología avanza, también debe hacerlo la rigurosidad en la aplicación de estándares, exigiendo a ingenieros y arquitectos una visión holística que trascienda la mera funcionalidad y abrace la responsabilidad ineludible de la seguridad pública en cada nueva forma que corona nuestras construcciones.